Por eso la vida de la Casa Madre es fundamental, muchas de ustedes están enfermas y hay muchas cosas que han hecho durante años y que ahora, por las limitaciones físicas ya no pueden hacer. Hoy queremos decirles: hemos visto su entrega que nos da testimonio, y lo más fundamental, estar con Jesús, orando por los sacerdotes, ofrecerse como víctima unidas a la cruz del Señor… eso lo pueden hacer en toda circunstancia. A nosotros eso es lo que nos sostiene, es lo que verdaderamente son y eso siempre, enfermas o no, cerca o lejos, lo podrán realizar.

Muchas gracias por estos 16 sacerdotes que estamos ahora, 2 de Nuevo Laredo y 14 de Monterrey, hemos recibido el don de Dios, por su oración, en un contexto de violencia y miedo en nuestras ciudades; no sabemos que hacer, a nosotros también nos da miedo, pero Dios nos llamó en este momento de la historia…¿cómo podremos responder sin su oración?

Aunque lamentablemente ya no estén en nuestra Arquidiócesis, muchos estamos confiados a su  oración.  Venimos a darles gracias y a encomendarnos a su oración ahora que iniciamos nuestro ministerio.  Venimos a decirles que las extrañamos y las queremos, y que sabemos que contamos con su entrega.

Sabemos que han estado viviendo cosas muy difíciles, y aunque no todo es voluntad de Dios, en todas las cosas Él nos dirige sus palabras. Estas cosas no son más que la confirmación de quienes son ustedes. Son mujeres que mueren en el sagrario, que mueren haciendo lo que les corresponde. En la entrega de su oficio diario. Que están reunidas en la oración a pesar de la enfermedad. Son una ofrenda para la santificación de los sacerdotes.

Y como dice la canción: por eso y por muchas cosas más…venimos a decirles ¡ánimo! Que ni la enfermedad, ni el desaliento, ni la tristeza, ni nada de esta tierra, nos priven de vivir en la presencia amorosa del Padre. Oren por nosotros que lo necesitamos. ¡Muchas gracias por su oblación al Señor!

Jueves 8 de septiembre del 2011

 

 

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